Alonso aparca el negro

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El asturiano se presenta en Italia con los colores de Ferrari después de nueve años en el candelero y no ver un futuro claro cuando debutó en Minardi

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Con la tarde a punto de caer sobre la estación invernal de Madonna di Campligio, Fernando Alonso plasmó su último trofeo como embajador español de la Fórmula 1. Su vestuario rojo Ferrari, probablemente el último modelo de la colección en su pasarela por este deporte desde 2001, cuando debutó en Minardi.
Lo dijo Montezemolo, el presidente del emporio, en recuerdo de las palabras proféticas convertidas en símbolo por Enzo Ferrari, el «commendatore» que un día visualizó y creó la escudería de Fórmula 1: «Nadie está por encima del equipo». Y así siguen las cosas. Un mensaje aceptado como religión para sus millones de seguidores y su ejército de trabajadores. Por ese motivo, Fernando Alonso -fichaje rutilante, llamado a restaurar la época de éxitos- descendió de un helicóptero, como todos los pilotos anteriores, para saludar a la concurrencia en las jornadas de convivencia de Ferrari. Mientras la Prensa española se dejaba las horas muertas en la T-1 de Barajas, Alonso pisaba la nieve con el que será su último equipo en la F-1, si todo va bien.
Provisto de un voluminoso chambergo rojo con la publicidad del Santander bien visible, una generosa sonrisa pintada en el rostro y las ganas de comenzar a trabajar, el asturiano llegó a Madonna di Campligio para la primera toma de contacto. Ayer saludó y hablará el jueves.
Se hizo fotos con Felipe Massa y Giancarlo Fisichella (el tercer piloto de la escudería italiana, que negocia su incorporación a Sauber), con Hayden y Stoner, los pilotos de Ducati también patrocinados como Ferrari por Marlboro, y posó junto al símbolo que identifica esta pretemporada roja, Wrooom, el nombre que Ferrari le lleva otorgando durante veinte años a su comunidad de la nieve.
Lejos quedan aquellos tiempos en los que se presentó en Melbourne, en las antípodas australianas, y le dijo a Adrián Campos, por aquel entonces su manager, aquello de «aquí va a costar ser el jefe». Alonso era en 2001 un imberbe de diecinueve años, adorado por todos los cazatalentos de la Fórmula 1, al que adoptó Briatore y cedió a Minardi. Era la era negra, cuando Alonso decía: «Me ganan los coches, no los pilotos».
Llegó después la fase luminosa, el azul de la marea en Renault, y la explosión del crack. Un deportista de impacto que ganó dos Mundiales vestido del azul Mild Seven y que jubiló al intocable Michael Schumacher.
En tono plateado se anunciaba su estancia en McLaren, pero allí, ya convertido en figura, Alonso chocó con Ron Dennis, que bebía los vientos por Hamilton. De regresó a Renault en 2008, Alonso sufrió dos años sin fiesta. Hasta ayer, que inauguró la pasarela roja en el corazón de los Dolomitas.

Ahora, en esta nueva era; tod@s l@s que seguimos apoyándole, aún no estando en lo más alto, disfrutaremos más aún si cave.
¡A POR ELLOS!
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